29 de octubre de 2011

Viajando con lastre

Me gusta viajar. Lo admito. Siempre me ha gustado salir y conocer. Dicen en la familia que empecé a viajar a la semana de nacido. He partido a todas horas, creo que literal. Esta semana me tocó empezar a las 2am y salir a las 3am rumbo a Hermosillo. No tardas demasiado tiempo en llegar, pero está en medio de la nada. Tierra de nadie de verdad. No imagino quiénes y cómo empezaron a poblar ese lugar.

Es, como todos los lugares del mundo, bonito. Me recordó a los laredos (los dos) de mi infancia. Di 3 sesiones a las profesores y personal del Liceo Thezia. Allá tienen otros husos horarios. Son dos horas de diferencia. Así que si empiezas a hablar a las 12, realmente para tu cuerpo son las 2 de la tarde. Súmenle la desvelada. Un pelín cansado, si. Lo mejor, la tradición culinaria del equipo: una buena cena, cuando menos.

Me parece que este tipo de desveladas por trabajo son el equivalente estudiantíl a la desvelada por fiesta. Cuando estaba negociando la venida a Puebla me surtí devastadores viajes en autobús de noche con extenuantes jornadas de búsqueda de casa. Más los viajes de vuelta de todo. Viajar se vuelve cansado. Ya no duermo, a veces ni en mi cama, menos en los autobuses.

Sin embargo, todo el tiempo tuve la sensación de dejar un niño pequeño (y medio enfermo) en casa. Mi negocio está muy bebé para soportar ausencias. Las crisis se suceden como oleadas. Y la playa sin salvavidas. Me gusta viajar, pero me quedo en casa por ahora. Un rato, cuando menos. Lo que se pueda.

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El día después del debate, llevando a mis hijas a su clase de dibujo con la abuela, me dijo una de ellas que las amigas de...