24 de enero de 2012

Aburrirse NO siempre es una cosa mala

Es como una de las epidemias de los papás con hijos chicos. Una aversión al tiempo en el que no se está entretenido. Una especie de horror vacui. En los niños estamos creando algo malo cuando no se puede estar en silencio. Para ellos es bueno que no todo el tiempo esté ocupado y dirigido. Cuando un niño sano se aburre, prende su imaginación. Y eso es bueno.

Claro, los períodos de concentración de nuestros niños son pequeños. Muchas veces no más de 5 minutos. Algunos menos. Y es importante, en clase, por ejemplo, preparar la suministración de información en “flashes” o períodos cortos, y paulatinamente incrementar la cantidad necesaria de tiempo de concentración. Como los músculos: cuanto más les exijas, más crecen.

Además hay que intentar llamar a su creatividad e imaginación a la hora de trabajar. Aunque siempre será trabajo guiado. En casa, en muchas, hay una saturación existencial que deja poco tiempo a lo que mejor podría describir como contemplación. Aunque no lo sea exactamente.

Me refiero al tiempo en el que no tengo nada que hacer. Como niño. Es decir, el tiempo en el que ya ha terminado la tarea, la clase de violín y el fútbol, más la clase de natación y el tiempo en el que va en el coche, acompañando a su madre de un lado a otro -ocupado a veces por películas o juguetes-.

Después de jugar club pingüin y xbox y de usar el Ipad de papá un rato… es bueno que no tengan nada que hacer. ¿En qué momento se les van a ocurrir cosas? ¿Cuándo van a pensar? Y esto es válido para todas las personas, de alguna forma u otra. Hay que tener tiempo en el que no estamos entretenidos.

Una idea clave es que el ocio debe ser activo. Activo en el sentido de que exige esfuerzo. Que genera o generará virtud. Y una virtud que va haciendo más falta a los niños -entre otras- es la paciencia. La cultura de la inmediatez está generando estragos porque fomenta la falta de control. Cuando puedo tener lo que yo quiero cuando y como lo quiero… no nos estamos preparando para la vida.

Ocio activo es ver en la tele cosas que no nos hacen desconectar (siempre y sólo) sino que aumentan nuestro interés por algo. Algo que nos haga aprender, no solo pasar el tiempo. Y sobre esto, un apunte. Estamos acostumbrados a confiar en marcas. Preferimos unas a otras porque hay una serie de valores que compartimos con ellas y el producto que venden nos satisface. Sin embargo, cuando consumimos medios de comunicación no podemos olvidar que detrás de lo que vemos o leemos hay personas.

Y a esas personas no podemos quitarles el derecho a tener sus opiniones. Que, además, se verán reflejadas en su trabajo. Inevitable. Hay un productor, Dan Schneider por ejemplo, que es el que piensa en lo que tal o cual programa va a hacer. Algunos de sus productos: Drake y Josh, iCarly, Zoey 101. No tenemos ni idea qué piensa él y qué valores sustenta. Pero seguro que se transmite en sus programas.

 La tesis es: no podemos hacer nada exento de nuestra personalidad. Marcus Scheving, en cambio, expone a cuatro vientos sus principios y filosofía en su programa de televisión. Él es el creador de Lazy Town, que promueve la actividad física y el deporte en los niños pequeños. De hecho Marcus fue gimnasta profesional y llegó a ganar títulos europeos al respecto. También es el personaje principal de la serie: Sportacus.

Eso en cuanto las marcas en la tele. Luego están los videojuegos. Que son, francamente, fenomenales. ¿Los han visto? ¿Han jugado? Son tan geniales que yo, en lo personal, los tengo que evitar. Entiendo a los niños de 6° ó 7° (incluso más chicos). Hacer la tarea de matemáticas no puede ser más interesante que ser General en un ejército (real, donde por cada soldado hay una persona detrás del teclado), dando instrucciones sobre cómo conquistar tal o cual objetivo. Donde estás tratando de conservar la vida, y la de tu gente, ante adversidades para todos efectos –salvo los vitales –reales. Esos sí que son problemas y no los de matemáticas. ¿Bajar a cenar en medio de una guerra? ¡Claro que es absurdo!

Y sin embargo tienen que hacerlo. Tiene que haber un límite. Un horario. Y en ese horario debe haber tiempo también en el que no debe haber nada. Donde las opciones sean salir al jardín o estar en la biblioteca un rato: sin opciones que entretengan, con opciones que fortalezcan hábitos que luego serán virtudes.

Suena ñoño, lo sé. Pero se los resumo en dos historias, la del brócoli y la de Lucciano Pavaroti. La del brócoli es sencilla. Un niño que no quiere comer brócoli. Los padres, tiranos absolutistas, le obligan. Se niega. No ceden. Come. Un día y otro, semanas, meses y finalmente, años. Ahora el niño es un adulto y puede comer brócoli. Inclusive sabe que los arbolitos verdes son buenos para el y que si les pone un poco de queso o salsa, hasta sabrosos son.

La de Lucciano Pavaroti es la de la niña a la que sus papás obligaron a escuchar música clásica. A punto estuvieron de demanda contra derechos humanos aquél viaje en que repitieron Nessum Dorma hasta tal punto que la cinta, misteriosamente, desapareció. También hicieron que se sentara en la tele a embutirse la Sinfónica de Londres, Nueva York y otras en conciertos varios. A la fuerza, sin opción. Durante varios años. Con los subsecuentes berridos, excusas, quejas y protestas de la niña. Y hoy no es inculta. Cuando puede y quiere, disfruta un buen concierto, aunque prefiera el rock, sabe apreciar el arte; que era el objetivo de los padres.

Entonces, aburrirse no es una cosa mala, hoy por hoy. Es una oportunidad de ir ejerciendo el tiempo como a uno se le de la gana. Robert Rodríguez, el famoso director mexicano de Estados Unidos, cuenta que empezó a contar historias, cuando con sus hermanos se quedaba sólo en casa. Eran inmigrantes en Texas y con 9 hermanos había que usar la imaginación. Y de eso, años después surgió una profesión en la que destaca. Claro, cabe mencionar que sus padres siempre fomentaron su creatividad y la apoyaron cuanto pudieron.

No les va a hacer daño inventarse algo que hacer y no, tampoco les va a hacer daño tener que esforzarse por hacer algo, aunque no quieran. Es nuestra responsabilidad como padres, abrirles a el mundo, aunque a veces sea abriéndoles la cabeza.

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