22 de octubre de 2015

Malas palabras

No hay palabras malas. Toda palabra que existe es, por el hecho de existir, buena. Nos pasa, sin embargo, que hay palabras que no queremos que digan los niños y palabras que no queremos que escuchen nuestros cónyuges. Palabras que no permitimos en público, pero que dejamos pasar en privado.

Hace poco explicaba cómo en clase empujo a mis alumnos a usar el mejor vocabulario posible en todo momento. Especialmente al argumentar y debatir. El objetivo es elevar el nivel de la discusión.

Al vocabulario soez lo consideramos de poco respeto a los compañeros y al recinto semisagrado que es el aula. La respuesta de un alumno fue aplastante: "¿Y 'El Bronco'?".

Al él no le exigimos lo mismo y tanto su discurso como los foros en los que discurre son de igual o mayor dignidad que un aula de clases. Pero a él lo dejamos retorcerse en su vocabulario.

Un profesor debe respetar su investidura de maestro, pero ¿el Gobernador no? ¿En qué momento hablar de corrección, propiedad y dignidad empezó a sonar a viejo y superado? A rancio.

Me sorprende que las malas palabras que usamos los adultos y que -tradicionalmente- prohibimos a los niños se conviertan en punto de referencia del vocabulario del Ejecutivo del Estado.

Sin embargo, la laxitud con la que se toma la puntualidad al adulto y la intolerancia con la que atacamos el retardo en el joven son ejemplo de un doble rasero muy propio del regiomontano. Como si en algún momento, al acabar la preparatoria o la universidad, recibiéramos una dispensa general a cualquier defecto del carácter. Pasa igual con las palabras.

No sé qué pensar sobre que el Gobernador del Estado diga malas palabras en público. En el caso de "El Bronco", es difícil determinar si lo suyo es desdén generalizado por lo más fino del idioma o simplemente su estrategia personal: optar por las palabras altisonantes para generar un efecto mediático. Desenmascarar al ciudadano nuevoleonés aludiendo al extremo más pobre del lenguaje.

Si es lo último, el riesgo de atontamiento cultural es mayúsculo. Algo así como los republicanos en Estados Unidos que, para congraciarse con Juan Pueblo, le dan la espalda a la erudición y a la cultura, mofándose de ésta como algo fuera de contacto con la realidad mundana del ciudadano promedio.

Ni los soviets. En serio. Ya lo decía un "dardo" de Lázaro Carreter, esos artículos de corrección idiomática: la lengua, la corrección en el hablar, no es propiedad de unos pocos burgueses elitistas. No, la cultura está al alcance de todos. No debemos separarnos de ese ideal porque el resultado será de ideas deformes y poco desarrolladas, que no alcancen a englobar un concepto o una solución por falta de sustancia.

Las palabras construyen conocimiento, y aunque estamos en un momento en el que la industria de la educación transita del conocimiento a las competencias (del saber al hacer), no deja de ser un importantísimo instrumento de comunicación. Si no tenemos las palabras, no vamos a tener las ideas. Así de sencillo.

También, habrá que admitirlo, navegar el vaivén entre razón y sentimiento posmoderno sin el timón de las palabras produce más de un mareo.

No acuso a los jóvenes de hoy por empezar argumentos con "tipo de que", "o sea", o "haz de cuenta"; no me horrorizo cuando concluyen con el "¿sabes cómo?" o el mordaz "¿sacas?". Sé que no es su culpa. Es culpa de una sociedad -Gobernador incluido- que no ha puesto empeño en alcanzar el ideal deseado de inspirar: en comunicar algo que no se encuentra en Google, en transmitir algo que no se comparte por Facebook.

Es decir: ser capaz de intentar cosas nuevas con un espíritu de innovación y emprendimiento, de conversar con todos y cada uno, sin prisa y con ganas de entender; y finalmente, de ser íntegro, intacto, entero, no alcanzado por el mal. Ser lo mejor posible.

Irá en detrimento nuestro encumbrar a quien alude al extremo más pobre del lenguaje en un intento de congraciarse con el pueblo. Deberíamos buscar la integridad en la virtud, que exige esfuerzo. Como el vocabulario.

 
 
El autor es editorialista invitado, educador y estudió Periodismo en la Universidad de Navarra.

 
chuysantos.blogspot.com

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