6 de enero de 2012

Las probabilidades de que tu hijo sea centro-delantero del Barcelona



Escasas. Es duro, lo sé. Sobre todo si a ti te hubiera gustado ser profesional. O si, sencillamente, disfrutas enormemente la competencia futbolística o de cualquier otro deporte. Querer ganar es una cosa muy buena, que también debemos enseñar a nuestros hijos. Sin embargo, saber perder y saber competir exige también un esfuerzo de los papás.

El deporte es para estar sano. Y si tu hijo está en Primaria o Secundaria sirve también para reforzar su capacidad motriz, por ejemplo. De hecho, hay estudios que concluyen que las personas que hacen ejercicio, (sobre todo de patrón cruzado), generan más conexiones neuronales. Es decir, hacer ejercicio te hace más listo (info aquí).

También, y sobre todo en la adolescencia, el deporte sirve para liberar energía extra que el cuerpo produce. Hay que tener muy en cuenta que si un niño llega a 5° de primaria sin adquirir la “virtud del deporte”, va a ser muy difícil que la obtenga después.

Mucho tiene que ver el ejemplo del papá. Si es deportista, lo más probable es que también el niño lo sea. Pero salvemos las distancias. Una cosa es ser deportista y otra muy distinta ser un hincha o un forofo. Un fanático.

El fanático vive de pasión. Con un poco de desorden. Prima ante todo, ganar o, en su defecto, no perder. Y sucede que el fanático rara vez es jugador, y menos deportista. El fanático está fuera de la cancha. Es un anónimo que vocifera y libera su frustración personal uniéndola a la de su equipo. Y está muy bien.

Sin embargo, como papás no podemos ser fanáticos de los equipos en los que nuestros hijos participan. En primer lugar porque no somos anónimos. Siempre seremos el modelo de varón o de mujer que nuestros hijos van a hacer suyo. Por lo tanto, se espera de nosotros un comportamiento ejemplar. El fanático no es ejemplar.

Este comportamiento que se espera de nosotros en aras de educar positivamente a nuestros hijos pasa por una de las cosas que el deporte ayuda a fomentar: la disciplina. Para nosotros puede ser evidente que nuestro hijo debería de estar alineado en el juego pero la decisión la toma otra persona: el entrenador. Y para que el entrenador pueda hacer su trabajo bien, no puede ser minado en su autoridad por un papá. O dos o tres.

Debemos de respaldar el trabajo del entrenador aunque no estemos de acuerdo. Porque será lo mejor para que nuestro hijo aproveche al máximo el deporte como medio de formación del carácter. Luego, claro, podremos acudir a otras instancias dentro de la institución a compartir nuestras opiniones sobre cualquier cosa. Es nuestro derecho.

Pero no podemos olvidar que el entrenador o coach también tiene derecho a hacer su trabajo. Y que las personas que decidieron emplearlo a él y no a todos los demás, tomaron la decisión con seriedad y rigor.

El entrenador debe ser nuestro aliado en la formación de nuestros hijos. Debemos tener y darle la confianza necesaria para que les exija, para que los motive, para que los vaya formando. Y si hay una buena comunicación, haremos sinergias en aras de la mejora integral de los niños.

Dice Ander Ericsson,  y luego lo cita Gladwell que para ser experto en algo, es decir, para hacer algo realmente bien, hacen falta 10,000 horas. Para que tu hijo sea centro delantero del Barca, tiene que meter 10,000 de entrenamiento y esfuerzo. Además claro, de tener un mínimo de talento natural por Dios concedido.

Veo con frecuencia a las mamás-chofer llevando y trayendo niños de un lado para otro por las tardes. Les reconozco que además de sacrificado debe ser agotador. Y la experiencia me dice que esos esfuerzos al volante no los hacen esperando que su hijo sea centro-delantero de ningún equipo profesional.

Lo hacen porque al niño le gusta y porque, con ese maravilloso talento de la intuición que tienen, ven que es bueno para él. También he visto alumnos con talento deportivo y papás con la intención clara de fomentarlo.

Para lograrlo, hay que hacer viajes, y no sólo de un punto a otro de la ciudad, sino nacionales y en ocasiones internacionales. Hay que levantarse muy temprano para poder entrenar por la mañana también. Hay que estar yendo y viniendo a la escuela pidiendo las dispensas oportunas por faltar a clases, llevar tareas tarde y ponerse al corriente. Hace falta estar dispuestos a meter junto con sus hijos, esas 10,000 horas.

Los frutos claro, son campeonatos y desarrollos profesionales en el deporte. Deportistas de élite que representan a su país en foros internacionales. Cosas muy buenas. Pero son realmente pocas las personas que combinan los requisitos necesarios para lograrlo. ¿Números? Qué tal 1 de cada 15,000.

Entonces, si tu hijo no tiene demasiado talento –hoy por hoy no es un Messi en potencia- y en tu proyecto educativo para él no está el darle los medios para meter esas 10,000 horas de entrenamiento, esfuerzo y sacrificio, ¿qué tan importante es que no lo alineen en el juego?

El deporte sirve también para superarnos. Nos requiere esfuerzo, entrega, garra. Nos enseña paciencia, trabajo en equipo, conocimiento de nosotros mismos y mejora constante. Es una actividad altamente formativa. Y al final, haremos amigos, lo que también supone un beneficio.

Ahora bien, el afán competitivo que de alguna forma está en el sistema operativo de casi todos los varones es una cosa que también hay que educar. No se vale ganar a toda costa. La competencia en el deporte ayuda a que el deportista crezca, haciéndole identificar sus puntos débiles para compensarlos o corregirlos y a encontrar el punto flaco del rival para explotarlo y vencer.

El espíritu deportivo es esencialmente optimista. De caer y levantarse, de dar lo mejor de sí, de ser alegres y estar contentos, de jugar. Esta última es una idea que los papás no podemos perder de vista. El deporte para los niños sigue siendo un juego, aunque para los adultos sea cosa muy seria.

No conviene robarles de esa oportunidad de disfrutar de su infancia o adolescencia y de sus amigos. La comunidad de papás del fútbol de un colegio haría muy bien en observar a sus hijos mientras juegan, corregir después del partido los comportamientos que no vayan acorde con lo que se espera de él y apoyar al entrenador en las decisiones que haya tomado.

También viene bien que sean ejemplares. Una cosa estupenda sería que se reunieran ellos también a jugar de vez en cuando.


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