7 de noviembre de 2014

La Enramada

Hay un restaurante en Monterrey llamado La Enramada. El mejor chicharrón prensado que conozco. Hace unas semanas, andaba por el rumbo y, como a eso de las 6.45 en sábado fui. Llegar no es del todo placentero. Está justo debajo de un paso a desnivel, cuya lateral se satura. Hay que esperar y hacer fila, y poner buena cara.

Estaciono debajo del paso desnivel y cruzo la calle. Llego a la puerta y el horario dice que cierran a las 5. Detrás del vidrio, uno de los hermanos que manejan el negocio familiar, un tipo ya grande, está cerrando. Pongo cara de preguntar si se puede entrar todavía. Si me harían el servicio de atenderme. Me pregunta qué quiero. Chicharrón prensado. Crucé la ciudad porque este es el mejor. Me abre la puerta.

Yo vi esto de abrirle la puerta a un cliente tardío en un anuncio de McDonalds y mi primera reacción fue: ajá. Claro. Ningún empleado en el planeta te va a abrir un McDonalds cuando ya acabó su turno. Eso no pasa. Por más que me machaques con una campaña diciéndome que qué bueno que vine. De paso, tampoco te creo que la carne de tus hamburguesas venga de vacas felices en paradisíacos campos verdes.

Pero acá si. En la Enramada, en Monterrey Nuevo León, si te abren. Y te ponen buena cara. No sólo porque tu familia lleva yendo ahí, seguramente desde que abrió -hace más de 50 años-, ni porque los que te atienden te vieron desde niño. Son tan mayores que no se acuerdan de ti. Ni porque haya una complicidad bonita entre las sonrisas y anécdotas de la hermana -ya mayor también- que está en la caja, y el cliente. Ni porque le pasas 15 pesos al que pone el chicharrón en la balanza y te busca con esmero las mejores piezas. Te abren porque todo cliente trae dinero y todo marchante lo quiere. Porque aquí la ética de trabajo es así. 

Debieron de haber cerrado a las 5 y son cuarto a las 7. Porque en este pueblo se vive en la parte de atrás de la tienda y se borra la frontera entre horas de trabajo y vida. Todo es una misma cosa.

Entré. El objeto perseguido estaba ya en la cámara fría, atrás. Pasando el comedor, y la cocina. Y allá vamos gritando alegremente el hermano que me abrió y un servidor. Este hombre es regio. Grita cuando platica. Las frases las termina con preguntas que en otras latitudes serían ofensas veladas. Aquí no. Aquí son preguntas honestas, hechas con franqueza y muchos decibles. 

Hasta la trastienda. Va y busca mi chicharrón. Además van y sacan de quiénsabedónde la salsa y me lo dan barato, sin pasar por la báscula. Al final, se acerca desde la cocina la hermana que trae un chorizo envuelto en papel aluminio. Lo pone en mi bolsa de chicharrones y me hace un guiño. Coqueta. Sus manos huelen a rosas.

Da gusto. Monterrey no ha muerto.

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