1 de febrero de 2012

Acostúmbralo a la palabra NO.


Lo tuyo es entrenamiento. Créelo. La vida va a ser más dura con él que todo lo que seas tú. Así que empieza de una vez. Duro. A pesar de tu dinero, tu poder y tus influencias, el mundo le va a decir que no.

Eventualmente va a tener que obedecer. Están muy bien todos los argumentos en favor de la creatividad y la originalidad. Sin embargo, llega el punto donde hay que obedecer. Tendrá de dos sopas: la primera, obedecer porque si no lo hace el sistema lo penalizará. Imaginen obedecer un señalamiento de tránsito, por ejemplo. La segunda, obedecer porque cree en algo más grande que él y debe de ser parte de para que funcione.

La vida no funciona sin obedecer. No hablo de asimilar la mediocridad. Hablo de encontrar tu lugar. El niño que piensa que su lugar es arriba de todos, siempre con su voluntad por encima, es francamente insoportable. Y el adulto que sigue siendo igual, desequilibra a los que están alrededor suyo en un afán interminable de hacer su santo capricho.

La obediencia está sólidamente unida con la autoridad. Por lo que no se da una sin la otra. Sin embargo, al menos desde mi trinchera, se observa una epidemia de culpa que merma espantosamente la autoridad. Es el estilo de vida de nuestra sociedad afectando la forma en que las personas se ven a sí mismas. Y luego a sus hijos. Menoscabando su buen juicio como la tortura china de la gota sobre el cráneo.

A cuenta gotas. No debía dejarlo sólo. No debí hablarle tan feo. No debí casarme con su padre. Soy malo porque trabajo. Soy mala porque me tomé un café en el Starbucks en vez de ir a la clase de Pilates. Estoy mal porque si no está o está dormido, descanso. ¿Soy mal Padre? ¿Soy mala madre? Hagan de cuenta las adolescentes mirando modelos en las revistas. No acaban nunca de estar a gusto consigo mismas.

Y claro. Ante la culpa, placer. ¡Si no hay medicina más al alcance que el placer! Sólo hay que soltar, deja de resistir y el placer está ahí. Listo para hacerte sentir que todo está bien. Que la falta de autoridad no es problema y que el sistema pavloviano de recompensar el comportamiento que quiero es lo más estupendo que ha pasado. No tener la culpa se suele sentir a todo dar.

Vamos necesitando un clima de obediencia donde la autoridad existe porque está al servicio de la persona. De lo mejor de la persona. Donde papá es muy papá y mamá muy mamá. Aunque trabajen y se diviertan y el hijo no mande. Y nada de lo que pide con un berrinche le sea concedido. Donde los hijos y los padres tienen cada uno su lugar y la autoestima es la correcta para resistir el círculo vicioso de la culpa y el placer.

Hay mucho miedo. Y debe de ser, supongo, por la falta de certeza en la verdad. Hay tanta información, tanta opinión -como esta- que la verdad se hace difícil de creer. Veo a personas listas: confundidas y desconfiadas.

El asunto está en los límites. No puedo dejar de pensar en Cesar Millan, el susurrador de perros. Energía asertiva, ser el líder de la manada, mandar. Sonará demasiado sencillo para ser la solución, pero en el fondo la es. Los problemas están en el área de las definiciones: qué tanto si, qué tanto no en vez de cuál es el objetivo y conseguirlo a como de lugar.

Pero nadie da lo que no tiene. Y los adultos privilegiados, cada vez tenemos menos límites y por ende virtud. Y por eso no la podemos dar. Esa es una causa más de nuestra frustración con los hijos: nos vemos reflejados. Sin embargo esa frustración no es suficiente para despertarnos y movernos a la acción. No alcanza para paliar la aversión al sufrimiento.

Porque se sufre más bien poco. Y sufrir es muy bueno. Te hace valorar, te mueve, te ubica, te prepara para disfrutar adecuadamente el gozo. Un poco menos fácil la tarea, un poco más complicado y cansado el encargo en casa. Un poco más fría el agua. Un poco más de verduras. Y el claro conocimiento tanto de padres como de hijos que la afrenta al territorio de la autoridad no es permitida en lo absoluto.

Tenemos que estar dispuestos a romper el corsé de la etiqueta y buen gusto actual en aras de preservar intacta la figura de autoridad, defendiéndola. Sonaré exagerado seguro, sirva el ejemplo. Defender en estos casos (donde nos jugamos la capacidad de una persona a ser feliz o no en el futuro) significa estar dispuestos a que se repare el daño e ir un poquito más allá. Para que no queden ganas de volver… quizá un poco a lo israelí. Nadie se le pone al brinco al que trae pistola.

Pero ojo. Serán pocas esas batallas. Tampoco es asunto de defender tonterías. Y claro, se vuelve esto también en un claroscuro que sólo es iluminado por la preparación. Por contestar preguntas como ¿qué cosas se valoran en mi familia que no se permite tocar? ¿Cuáles son las líneas rectoras ante cuyas amenazas voy a reaccionar con la bomba atómica?

Y en todas las demás, asertivo. Fuerte. Duro. Sin demasiada blandenguería. Si lo que tienes son varones, más fuertes aún. No llevo más de una década en la educación pero veo menor capacidad de ser varón en las últimas generaciones. En concreto, la capacidad de proteger al disminuido, de buscar y defender la justicia, de cuidar, de buscar lo bueno, lo bello y lo verdadero, y de construir. La veo venir a menos.

Tiene arreglo. Pasa por vencerse a si mismo. Papá primero.

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