20 de agosto de 2015

Claudicar



Parece trágico lo que le pasó a Acción Nacional. Si fuera persona y no institución, no reconoceríamos en el viejo mañoso y desfigurado al joven brioso y enérgico, al de la brega de eternidad que alguna vez fue. Se disolvió en el mismo vicio que inflamaba su protesta y su oposición.

Desdibujada quedó la impronta democristiana. Sus más grandes nombres hacen mutis. Otros abandonan cansados y frustrados sus filas, quizá con la esperanza de ir por la libre, o de aliviar su conciencia con la denuncia personal. Desde don Fernando hasta, estos días, Tere Madero.

La gran crisis de los partidos es fruto de una todavía mayor crisis de valores y virtudes personales entre sus adeptos. Parecería imposible, para un profesional con familia, resistir la tentación de vivir del erario, de ser un humilde servidor público y asegurar el ingreso, cuando menos por un periodo determinado. Sin embargo, esa actitud no enaltece ni al partido ni al servicio público.

Me pregunto si será una tentación similar a la que sufre un joven sin estudios y con necesidades económicas de entrar al narco por 8 mil pesos quincenales.

¿Por qué abstenerse de un salario que me permitiría vivir mejor que la mayoría? Un sueldo que mantendría a mi familia en una posición cómoda, en buenos colegios, buena casa, buenos coches y buenas vacaciones.

Quizá, aprovechando las conexiones y los conocidos, podría generar también un poco más de dinero. Un extra. Sin que retumbe en la conciencia el haber robado, defraudado o incumplido con la justicia.

El hombre es capaz de racionalizarlo todo. Y una vez racionalizado, tiene el poder social para generar un ecosistema en el que esas justificaciones para las conductas indebidas sean una total y completa normalidad.

Parecería que a través de leyes, influencia en los medios y en la narrativa común, reordenamiento de los programas educativos y tres kilos de voluntad y tesón, se puede hacer que algo que no es real, lo sea. Este contrato social posmoderno es lo suficientemente poderoso para acallar la conciencia de la mayoría.

Esta época de cambio pone el deseo por encima de la razón. Cuando esto sucede ya no hay orden moral que se sostenga, porque no gobierna lo que pienso, sino lo que quiero. Cualquier cosa que me apetezca puede ser justificada, racionalizada, para legitimar el deseo. Generaciones completas de universitarios y gente ilustrada están siguiendo la tonada alegre de este flautista de Hamelin.

Los que todavía permanecemos -o queremos permanecer- del otro lado de la ecuación vemos cómo nos convertimos en una minoría. Atestiguamos el cambio de colores de la gente con la que hicimos la prepa o la secundaria. Nuestros amigos abandonan los ideales con los que se comprometieron como quien cambia de camisa: con entera naturalidad.

Ser congruente ya no es serio, sino recalcitrante. Ser honesto e íntegro es quedarse fuera del progreso. Pensar que hay mejores formas de ser persona, atenta contra el ecosistema del deseo racionalizado. Es decir: obrar equivocadamente no está mal, si todos estamos de acuerdo.

Podríamos pedir que quienes quieran ingresar a un partido político se expongan a golpizas por parte de los porros del partido contrario. Como cuando un joven militante de Acción Nacional pitó con un silbato en la toma de protesta de Sócrates Rizzo como Alcalde de Monterrey en diciembre de 1988. Un buen examen de admisión a la política. Pero ya no son esos tiempos.

Abandonar un partido político es un gesto. Abandonar los propios ideales es una verdadera tragedia. Ojalá no estemos condenados a eso. Mientras tanto, si vamos a ser menos, esforcémonos por ser mejores.

El contrincante no es el enemigo

El día después del debate, llevando a mis hijas a su clase de dibujo con la abuela, me dijo una de ellas que las amigas de...