18 de septiembre de 2016

80 uñas

Una de las muchas cosas de las que me asombro es la cantidad de uñas que se cortan en esta casa.
Nada más de los niños son 80 uñas. Cada dos semanas más o menos. Clip, clip, clip. Algún berrido de vez en cuando para no soltar la costumbre. Clip, clip, clip. Más las de uno. Clip, clip.

Al parecer es notorio como las de los niños crecen más rápido que las de las niñas. Igual que el pelo, dice.

100 uñas cada dos semanas. Más las desveladas, las ojeras, los cansancios, las vueltas a los coles, los desayuno, las comidas y las cenas. Las tareas, el baño, la lectura, la oración, la leche y lo que falta.

Clip.


10 de junio de 2016

Salir del grupo

En estos días mi hija mayor deja el kinder. Después de 7 años y 4 jardines, acabó con la primera de las etapas de la vida escolar. Doctora en kínder. Estos días, también acaban y festejan los que terminan secundaria y preparatoria. Las madres de los que acaban primaria se empeñan también en festejar.

Lo que me llama la atención es que más de una mamá desesperada lo está viendo como la oportunidad perfecta para  abandonar el chat de whatsapp. Hartas de sufrir las inseguridades de sus pares, con preguntas que ya han sido respondidas por la escuela, o pidiendo consejo sobre la mejor forma de gastar el dinero de su marido en lujos que los niños no necesitan, algunas madres huyen del lavadero digital como de la plaga.

Que bueno me parece a mi. Menos ruido es bueno. Más conversaciones de verdad, mejor. Más amigos y más llamadas, más encuentros. Menos wa y menos guato. La oportunidad perfecta de salir del grupo. Al menos durante el verano.


22 de octubre de 2015

Malas palabras

No hay palabras malas. Toda palabra que existe es, por el hecho de existir, buena. Nos pasa, sin embargo, que hay palabras que no queremos que digan los niños y palabras que no queremos que escuchen nuestros cónyuges. Palabras que no permitimos en público, pero que dejamos pasar en privado.

Hace poco explicaba cómo en clase empujo a mis alumnos a usar el mejor vocabulario posible en todo momento. Especialmente al argumentar y debatir. El objetivo es elevar el nivel de la discusión.

Al vocabulario soez lo consideramos de poco respeto a los compañeros y al recinto semisagrado que es el aula. La respuesta de un alumno fue aplastante: "¿Y 'El Bronco'?".

Al él no le exigimos lo mismo y tanto su discurso como los foros en los que discurre son de igual o mayor dignidad que un aula de clases. Pero a él lo dejamos retorcerse en su vocabulario.

Un profesor debe respetar su investidura de maestro, pero ¿el Gobernador no? ¿En qué momento hablar de corrección, propiedad y dignidad empezó a sonar a viejo y superado? A rancio.

Me sorprende que las malas palabras que usamos los adultos y que -tradicionalmente- prohibimos a los niños se conviertan en punto de referencia del vocabulario del Ejecutivo del Estado.

Sin embargo, la laxitud con la que se toma la puntualidad al adulto y la intolerancia con la que atacamos el retardo en el joven son ejemplo de un doble rasero muy propio del regiomontano. Como si en algún momento, al acabar la preparatoria o la universidad, recibiéramos una dispensa general a cualquier defecto del carácter. Pasa igual con las palabras.

No sé qué pensar sobre que el Gobernador del Estado diga malas palabras en público. En el caso de "El Bronco", es difícil determinar si lo suyo es desdén generalizado por lo más fino del idioma o simplemente su estrategia personal: optar por las palabras altisonantes para generar un efecto mediático. Desenmascarar al ciudadano nuevoleonés aludiendo al extremo más pobre del lenguaje.

Si es lo último, el riesgo de atontamiento cultural es mayúsculo. Algo así como los republicanos en Estados Unidos que, para congraciarse con Juan Pueblo, le dan la espalda a la erudición y a la cultura, mofándose de ésta como algo fuera de contacto con la realidad mundana del ciudadano promedio.

Ni los soviets. En serio. Ya lo decía un "dardo" de Lázaro Carreter, esos artículos de corrección idiomática: la lengua, la corrección en el hablar, no es propiedad de unos pocos burgueses elitistas. No, la cultura está al alcance de todos. No debemos separarnos de ese ideal porque el resultado será de ideas deformes y poco desarrolladas, que no alcancen a englobar un concepto o una solución por falta de sustancia.

Las palabras construyen conocimiento, y aunque estamos en un momento en el que la industria de la educación transita del conocimiento a las competencias (del saber al hacer), no deja de ser un importantísimo instrumento de comunicación. Si no tenemos las palabras, no vamos a tener las ideas. Así de sencillo.

También, habrá que admitirlo, navegar el vaivén entre razón y sentimiento posmoderno sin el timón de las palabras produce más de un mareo.

No acuso a los jóvenes de hoy por empezar argumentos con "tipo de que", "o sea", o "haz de cuenta"; no me horrorizo cuando concluyen con el "¿sabes cómo?" o el mordaz "¿sacas?". Sé que no es su culpa. Es culpa de una sociedad -Gobernador incluido- que no ha puesto empeño en alcanzar el ideal deseado de inspirar: en comunicar algo que no se encuentra en Google, en transmitir algo que no se comparte por Facebook.

Es decir: ser capaz de intentar cosas nuevas con un espíritu de innovación y emprendimiento, de conversar con todos y cada uno, sin prisa y con ganas de entender; y finalmente, de ser íntegro, intacto, entero, no alcanzado por el mal. Ser lo mejor posible.

Irá en detrimento nuestro encumbrar a quien alude al extremo más pobre del lenguaje en un intento de congraciarse con el pueblo. Deberíamos buscar la integridad en la virtud, que exige esfuerzo. Como el vocabulario.

 
 
El autor es editorialista invitado, educador y estudió Periodismo en la Universidad de Navarra.

 
chuysantos.blogspot.com

20 de agosto de 2015

Claudicar



Parece trágico lo que le pasó a Acción Nacional. Si fuera persona y no institución, no reconoceríamos en el viejo mañoso y desfigurado al joven brioso y enérgico, al de la brega de eternidad que alguna vez fue. Se disolvió en el mismo vicio que inflamaba su protesta y su oposición.

Desdibujada quedó la impronta democristiana. Sus más grandes nombres hacen mutis. Otros abandonan cansados y frustrados sus filas, quizá con la esperanza de ir por la libre, o de aliviar su conciencia con la denuncia personal. Desde don Fernando hasta, estos días, Tere Madero.

La gran crisis de los partidos es fruto de una todavía mayor crisis de valores y virtudes personales entre sus adeptos. Parecería imposible, para un profesional con familia, resistir la tentación de vivir del erario, de ser un humilde servidor público y asegurar el ingreso, cuando menos por un periodo determinado. Sin embargo, esa actitud no enaltece ni al partido ni al servicio público.

Me pregunto si será una tentación similar a la que sufre un joven sin estudios y con necesidades económicas de entrar al narco por 8 mil pesos quincenales.

¿Por qué abstenerse de un salario que me permitiría vivir mejor que la mayoría? Un sueldo que mantendría a mi familia en una posición cómoda, en buenos colegios, buena casa, buenos coches y buenas vacaciones.

Quizá, aprovechando las conexiones y los conocidos, podría generar también un poco más de dinero. Un extra. Sin que retumbe en la conciencia el haber robado, defraudado o incumplido con la justicia.

El hombre es capaz de racionalizarlo todo. Y una vez racionalizado, tiene el poder social para generar un ecosistema en el que esas justificaciones para las conductas indebidas sean una total y completa normalidad.

Parecería que a través de leyes, influencia en los medios y en la narrativa común, reordenamiento de los programas educativos y tres kilos de voluntad y tesón, se puede hacer que algo que no es real, lo sea. Este contrato social posmoderno es lo suficientemente poderoso para acallar la conciencia de la mayoría.

Esta época de cambio pone el deseo por encima de la razón. Cuando esto sucede ya no hay orden moral que se sostenga, porque no gobierna lo que pienso, sino lo que quiero. Cualquier cosa que me apetezca puede ser justificada, racionalizada, para legitimar el deseo. Generaciones completas de universitarios y gente ilustrada están siguiendo la tonada alegre de este flautista de Hamelin.

Los que todavía permanecemos -o queremos permanecer- del otro lado de la ecuación vemos cómo nos convertimos en una minoría. Atestiguamos el cambio de colores de la gente con la que hicimos la prepa o la secundaria. Nuestros amigos abandonan los ideales con los que se comprometieron como quien cambia de camisa: con entera naturalidad.

Ser congruente ya no es serio, sino recalcitrante. Ser honesto e íntegro es quedarse fuera del progreso. Pensar que hay mejores formas de ser persona, atenta contra el ecosistema del deseo racionalizado. Es decir: obrar equivocadamente no está mal, si todos estamos de acuerdo.

Podríamos pedir que quienes quieran ingresar a un partido político se expongan a golpizas por parte de los porros del partido contrario. Como cuando un joven militante de Acción Nacional pitó con un silbato en la toma de protesta de Sócrates Rizzo como Alcalde de Monterrey en diciembre de 1988. Un buen examen de admisión a la política. Pero ya no son esos tiempos.

Abandonar un partido político es un gesto. Abandonar los propios ideales es una verdadera tragedia. Ojalá no estemos condenados a eso. Mientras tanto, si vamos a ser menos, esforcémonos por ser mejores.

7 de mayo de 2015

Candidatos: virtud sobre valor

Aquí les dejo el texto completo que se publicó en El Norte hoy. Para todos los que no están suscritos.

Gracias por sus comentarios.

JS
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Candidatos: virtud sobre valor

Asombra que aun con lo tanto que se ha hablado de valores en los últimos años, todavía no se distingan de las virtudes.

Quizá se haya dicho mal y se haya entendido, temo, que es mejor candidato el que mejores valores tiene. Esto no es así. Es mejor el que más virtudes tiene.

Son necesarios los valores, sin duda. Pero son parte de una dicotomía también. Los valores por sí solos están a medias. Y se nos vende esa mediocridad como el entero.

El valor necesita de la virtud como las aspiraciones de acciones concretas. Si no, sólo son ideas bonitas.

Sin acción no pasa nada. La virtud aterriza el deseo en la realidad y exige un esfuerzo concreto. Los valores, en cambio, son comodinos. No exigen acción.

Es fácil para nuestros políticos apropiarse valores. Basta con decir que algo -cualquier cosa- se valora. Listo. Bien distinto es poner piel en el asunto.

No basta decir que valoramos la puntualidad, hay que ser puntual. No basta decir que queremos combatir la corrupción, hay que ser honesto. Ése es el verdadero reto en juego en la próxima elección. No se trata de quién tiene las mejores ideas, sino de quién es la mejor persona.

La publicidad dice bastante de los candidatos. Apela a la emoción. Es un bombardeo masivo bien dirigido. Los spots de campaña en radio y televisión conectan porque el resultado de la combinación de sonidos y colores, las imágenes y las palabras están calculadas para producir ese efecto.

Sin embargo, a mí me parece más como la reacción del cuerpo al oler, por ejemplo, papas fritas.

Al oler, recordamos el placer que producen y lo anticipamos. Lo queremos. No obstante, cuando se tiene el temple necesario, interviene el dominio de uno mismo para gobernar el cuerpo y abstenerse. Porque sabemos que traemos kilos de más e incluso, si persistimos en ese olor, lo encontramos nauseabundo.

Así conecta la publicidad electoral últimamente. Apelando solamente a los valores. Sin demostrar carácter.

Incluso la tónica de las biografías suena impostada. Poco verosímil. Nada vendería mejor a un candidato que conocer sus virtudes. Conocer su persona.

Por la tele, la radio e internet nos están vendiendo "productos milagro" que, seguro, van a decepcionar. Como la máquina de ejercicio que en ocho semanas transformaría tu vida, pero en personas. Suena bien, pero es irreal.

Levanta sospechas el poco costo que tendrá la seguridad, el bienestar, la firmeza, la paz y la tranquilidad, los empleos, los uniformes, la transparencia, la calidad de vida que nos prometen nuestros políticos. Todo parece gratis.

Yo le apuesto a entrever en la publicidad electoral las virtudes detrás del candidato.

Un candidato virtuoso sabría transmitir las soluciones de fondo, señalando los problemas reales y el costo que debemos asumir como sociedad para repararlos. Que no me digan que van a ser honestos mañana.

Si nos fijamos bien, las propuestas de los candidatos a Gobernador están diluidas. Las promesas electorales saben a poco. Nadie habla del rumbo del futuro.

El patrimonio ecológico está descartado o, a lo mucho, es hueco. De la educación: uniformes. No mejores maestros, o mejores recursos didácticos. Uniformes.

Sin hablar queda el tema de plantearnos si lo que les enseñamos a nuestros hijos es lo necesario para que sean personas felices y completas. O si el ritmo de consumo de los recursos naturales puede continuar.

No. Mínimo común denominador: uniformes para todos, transporte para todos. Sé que son problemas reales para la mayoría, pero no es la solución para Nuevo León.

Nos distraen con ideas bonitas que inflan el ego y no implican costo alguno. Como si a alguien le bastara para apaciguar su conciencia sólo contemplar la idea de ceder su asiento a una viejecita... sin tener que levantarse.



El autor es editorialista invitado, educador y estudió Periodismo en la Universidad de Navarra.

Hola

Si es la primera vez que vienes, déjame darte la más cordial bienvenida a este blog.  Aquí encontrarás un poco de todo lo que he ido escribiendo en cuanto a educación y comunicación principalmente. También hay otras cosas. Ojalá te guste y pases con frecuencia.

30 de abril de 2015

Don Fernando





El otro día me encontré con Fernando Elizondo en una tienda. Iba muy elegante. El traje era fino y el coche, Audi. Me presenté con él porque estaba ahí, al alcance de la mano, sin guaruras y sin parafernalia. Un ciudadano más. Le pregunté cómo le podía ayudar. Me contestó que hay que combatir la idea de que votar por él es desperdiciar el voto. Le desee suerte.

Días después cenamos mi esposa y yo con un matrimonio de otra generación. Nosotros estamos en nuestros treinta y tantos, ellos alrededor de 60 años. Es decir, son de la generación de Fernando Elizondo.

Aquí viene bien hacer un poco de historia de Monterrey y de Nuevo León. Fernando Elizondo es hijo del ya fallecido ex gobernador de Nuevo León Eduardo Elizondo. Es de aquí y ha sido figura pública, por alguna razón o por otra, toda la vida.

Don Eduardo Elizondo había sido rector de la UANL. Fernando estudió Derecho en la casa de todos los neoloneses  mientras su padre era gobernador. Es decir, que los que pasaron por la facultad de derecho a finales de los 60 lo ubican perfectamente.

Don Eduardo fue muy querido por esa generación: los que ahora tiene sesenta y pelos. Fernando estudió posgrados en el extranjero y aquí en el TEC, fue abogado y acabó en las grandes empresas regias: Alfa e Hylsa. También trabajó para Salinas y Rocha. Un as de las finanzas, un hombre serio: chambeador y honrado.

Impregnado por el espíritu cívico que seguramente heredó de su padre, se movió en política siempre vestido de ciudadano. Destacó y ocupó los cargos que le conocemos: Tesorero del Estado (en tiempos difíciles), Gobernador, Secretario Federal, Senador.

La opinión que tiene la generación de nuestros padres de Fernando Elizondo es muy buena. Eso me lleve de la cena con ese matrimonio. Es un hombre de aquí, de toda la vida. Con una historia enraizada en la vida pública de Nuevo León y de Monterrey y no se le conoce falla, robo o escándalo que desdigan su prestigio.

Porque en Monterrey todos nos conocemos. Y se sabe que el bronco, es… bronco. Y no paga sus deudas hasta que se aparece la ley a cobrarlas. Y si puede mangonear a la ley lo hace. Alardea de eso. De Ivonne se sabe que tiene padrino y es parte del partido y del sistema. Su rectitud de intención es dudosa y suena -cuando menos a mí- irresponsable su pretensión. Como soltarle el coche a un niño.  En cuanto a Felipe, lo seguimos desde hace años. Es de la nueva generación. No le conozco pecados, pero no me parece que sea su momento.

El que enarbola los valores y las virtudes del verdadero Nuevo León es Fernando Elizondo. Porque se ven esos valores y virtudes que nuestros abuelos y nuestros padres usaron para construir este gran Estado: ahorro, honor,  progreso social de los menos favorecidos,  transparencia y  eficacia del gobierno, bienestar para todo el que esté dispuesto a trabajar en serio. Un Nuevo León del que podamos estar orgullosos.


Don Fernando necesita todos los votos que podamos hacerle llegar porque Nuevo León necesita a su mejor gente.

Sin título